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DĆ­a Mundial de la Actividad FĆ­sica: las sociedades activas no se improvisan

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    Consejo COLEF
  • hace 17 minutos
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DƍA MUNDIAL DE LA ACTIVIDAD FƍSICA: LAS SOCIEDADES ACTIVAS NO SE IMPROVISAN, SE CONSTRUYEN

Con motivo del Día Mundial de la Actividad Física, el Consejo COLEF reflexiona sobre cómo construir sociedades mÔs activas. MÔs allÔ del debate abierto sobre la interpretación de los datos de prÔctica deportiva en España, la evidencia científica internacional muestra que la inactividad física sigue siendo un reto global pese a décadas de políticas públicas. Promover la actividad física no depende solo de decisiones individuales, sino de entornos, servicios y oportunidades de prÔctica accesibles. Para hacerlo posible, las administraciones necesitan políticas públicas especializadas y dirección técnica cualificada capaz de coordinar servicios deportivos, centros educativos, estructuras sanitarias y otros sistemas del territorio.

Cada 6 de abril se celebra el Día Mundial de la Actividad Física, una fecha que invita a recordar algo que, en realidad, ya sabemos: mantenerse activo mejora la salud, el bienestar y la calidad de vida. La actividad física regular contribuye a prevenir enfermedades crónicas, mejora la salud mental, refuerza la capacidad funcional y ayuda a envejecer en mejores condiciones.


Pero esta efemĆ©ride no deberĆ­a limitarse a repetir mensajes bienintencionados sobre la conveniencia de ā€œmoverse mĆ”sā€. TambiĆ©n deberĆ­a servir para plantear una pregunta mucho mĆ”s importante: si nuestras ciudades, nuestros servicios y nuestras polĆ­ticas pĆŗblicas estĆ”n realmente organizados para que la población pueda mantenerse activa.


Ese es, probablemente, el verdadero debate.



ĀæSOMOS REALMENTE UNA SOCIEDAD ACTIVA?


A comienzos de este año se publicaron los resultados de la nueva Encuesta de HÔbitos Deportivos en España, que proyectan una imagen muy positiva de la prÔctica deportiva y de los niveles de actividad física de la población. La lectura apresurada de esos datos puede conducir a una conclusión cómoda: que España estaría avanzando con solvencia hacia un escenario ampliamente activo y que, en consecuencia, el problema de la inactividad física sería hoy menor de lo que parecía hace unos años.


Sin embargo, desde el Ômbito profesional y académico se han formulado objeciones serias a esa lectura. El artículo difundido por el Consejo COLEF a partir del trabajo de Víctor Jiménez Díaz-Benito advierte de que los cambios metodológicos introducidos en las encuestas oficiales pueden comprometer la comparabilidad histórica y ofrecer una imagen mÔs optimista de la evolución real de la prÔctica deportiva en España. La cuestión de fondo no es menor: si cambia la forma de medir, también puede cambiar la realidad que creemos estar describiendo.


Este debate no es una discusión técnica irrelevante ni una disputa académica para especialistas. Afecta directamente a la manera en que se interpretan las necesidades de la población y, por tanto, a cómo se diseñan las políticas públicas. Porque cuando el diagnóstico resulta excesivamente complaciente, el riesgo no es solo estadístico: es político. Se pueden infraestimar problemas reales, relajar prioridades y dar por suficientemente atendida una necesidad que quizÔ todavía estÔ lejos de estarlo.



EL PROBLEMA NO ES SOLO ESPAƑOL: TAMBIƉN ES GLOBAL


AdemÔs, aunque se aceptara sin reservas la lectura optimista de determinados datos nacionales, el problema de fondo seguiría ahí. La evidencia internacional muestra que la inactividad física continúa siendo uno de los grandes retos de salud pública del siglo XXI.


Un reciente anÔlisis global publicado en Nature Health llega a una conclusión especialmente reveladora: pese a dos décadas de avances en políticas, planes e iniciativas institucionales relacionadas con la actividad física, los niveles globales de actividad física siguen siendo bajos y se han mantenido estancados. El estudio constata progresos en la adopción formal de políticas, pero encuentra una implementación limitada y señala varios problemas de fondo: el predominio de enfoques excesivamente centrados en salud, la escasa atención a beneficios mÔs amplios, la falta de liderazgo multisectorial claro y la debilidad de las alianzas entre sectores.


La aportación mĆ”s valiosa de este trabajo no es solo describir que el problema persiste, sino explicar por quĆ© persiste. Muchas polĆ­ticas existen sobre el papel, pero no transforman de forma efectiva las condiciones de vida de la población. Y eso ocurre, entre otras razones, porque la actividad fĆ­sica sigue tratĆ”ndose con frecuencia como una cuestión secundaria, algo deseable pero no urgente, una especie de ā€œbien aƱadidoā€ en lugar de una necesidad estructural. El propio artĆ­culo recoge esa idea al seƱalar que, para muchas personas con capacidad de decisión, la actividad fĆ­sica sigue viĆ©ndose como algo ā€œnice to have, but not a need to haveā€, es decir, como algo conveniente, pero no prioritario.



MƁS ALLƁ DEL ā€œMUƉVETE MƁSā€


Durante años, buena parte del discurso público sobre actividad física ha descansado sobre una idea simplificadora: que el problema principal es que la gente no quiere moverse lo suficiente. Desde esa lógica, la solución parecería consistir en campañas de sensibilización, mensajes motivacionales o recomendaciones individuales.


Sin embargo, la investigación internacional muestra que ese enfoque es insuficiente. La actividad física no depende únicamente de decisiones personales, sino de las oportunidades reales que el entorno ofrece para que esas decisiones puedan traducirse en prÔcticas sostenidas. No basta con decirle a alguien que camine mÔs si vive en un entorno inseguro o mal conectado. No basta con animar a una familia a que practique deporte si no existen servicios accesibles, programas adecuados o instalaciones disponibles. No basta con recordar a la infancia y la adolescencia la importancia del movimiento si los centros educativos del municipio, los espacios públicos y los servicios deportivos no actúan de forma coordinada.


El propio anÔlisis global (Ramírez Varela et al., 2026) subraya que las políticas mÔs eficaces no son las que descansan en exhortaciones abstractas, sino las que generan entornos, sistemas y estructuras que hacen que la opción activa sea posible, fÔcil, segura y sostenible. Esto incluye transporte, urbanismo, parques y recreación, educación, salud y otras Ôreas que a menudo no se reconocen a sí mismas como corresponsables de la promoción de la actividad física.


Por tanto, el problema no puede formularse solo en tƩrminos de voluntad individual.


LAS SOCIEDADES ACTIVAS NO SE IMPROVISAN, SE CONSTRUYEN.



QUƉ PUEDEN HACER REALMENTE LAS POLƍTICAS PƚBLICAS


Si el diagnóstico se toma en serio, la conclusión es clara: promover la actividad física no consiste solo en aprobar declaraciones institucionales ni en lanzar mensajes de concienciación. Requiere políticas públicas capaces de modificar de forma efectiva las condiciones que facilitan o dificultan la prÔctica físico-deportiva y la incorporación del movimiento a la vida cotidiana.


Y aquí el nivel local resulta decisivo. Es en el municipio donde confluyen muchos de los factores que determinan los hÔbitos de actividad física de la población: el diseño urbano, la movilidad, los espacios públicos, los centros educativos, las estructuras sanitarias, los servicios sociales, las instalaciones deportivas y los programas comunitarios. Cuando estos elementos funcionan de forma aislada, la promoción de la actividad física se debilita. Cuando se articulan con sentido, pueden generar un ecosistema mucho mÔs favorable.


Desde lo público se puede actuar, por ejemplo, mejorando las condiciones urbanas que facilitan desplazamientos activos, conectando políticas de movilidad con criterios de salud, colaborando con los centros educativos del municipio para favorecer hÔbitos activos desde edades tempranas, coordinando con las estructuras sanitarias locales actuaciones vinculadas a la promoción de la actividad física y articulando respuestas desde los servicios sociales para reducir barreras de acceso en colectivos con mayores dificultades.

Dentro de ese conjunto de actuaciones, tambiĆ©n ocupan un lugar importante los servicios deportivosĀ y las instalaciones deportivas, que deben dejar de entenderse Ćŗnicamente como espacios de gestión de oferta o de explotación de infraestructuras. Desde la perspectiva pĆŗblica, su función no puede limitarse a administrar ā€œpiedraā€, tramitar ayudas o programar actividades de manera aislada. Deben concebirse como instrumentos al servicio de una polĆ­tica mĆ”s amplia: hacer accesible la prĆ”ctica fĆ­sico-deportiva y facilitar que mĆ”s personas puedan incorporarla a su vida.


Esa lógica pública no se opone a la existencia ni al papel del sector privado. Pero sí introduce una perspectiva diferente: mientras el mercado responde principalmente a la demanda existente, la acción pública debe preocuparse también por quienes no acceden, por las barreras económicas, territoriales, sociales o de edad, y por la necesidad de conectar servicios, sistemas y oportunidades en favor del interés general.



LA DIRECCIƓN TƉCNICA COMO CONDICIƓN PARA QUE LAS POLƍTICAS SEAN REALES


Y aquí aparece una cuestión central que con demasiada frecuencia se minusvalora: todo eso no sucede solo. No basta con que una administración quiera promover la actividad física. No basta con que existan instalaciones, presupuestos o subvenciones. Para que las políticas públicas de promoción de la actividad física sean coherentes, eficaces y sostenidas, es imprescindible contar con dirección técnica especializada.


La dirección técnica no es simple gerencia, ni gestión administrativa, ni mera coordinación burocrÔtica. No consiste en cuadrar presupuestos, gestionar contratos o administrar infraestructuras. Su función es otra: diseñar, orientar, coordinar y evaluar políticas, programas y servicios desde criterios técnico-científicos, con capacidad para leer las necesidades de la población, identificar barreras de acceso, articular recursos del territorio y conectar distintos sistemas públicos en una misma estrategia de promoción de la actividad física y del deporte.


Esa dirección técnica puede ejercerse en varios planos. En el nivel mÔs concreto, orientando los servicios e instalaciones deportivas del municipio para que funcionen con criterios de accesibilidad, adecuación y promoción real de la prÔctica. En un plano transversal, actuando como pieza de enlace entre distintas Ôreas municipales, conectando deporte con urbanismo, movilidad, estructuras sanitarias, centros educativos y servicios sociales. Y en escalas mÔs amplias, participando en el diseño de programas y redes supramunicipales desde estructuras mancomunadas, provinciales o autonómicas.

Dicho de otro modo: si queremos políticas públicas que promuevan de verdad la actividad física, necesitamos una actividad profesional reconocida, reconocible y capaz de convertir objetivos generales en estrategias operativas. Sin esa dirección especializada, el riesgo es terminar reduciendo la política deportiva a administración de instalaciones, gestión económica o reparto de subvenciones, cuando en realidad lo que se necesita es planificación pública especializada para promover prÔctica físico-deportiva accesible y entornos que favorezcan la actividad física.


En este sentido, el propio Consejo COLEF ya ha subrayado esta idea en su informe «Dirección Técnica Deportiva: una cuestión de salud y seguridad, no solo de gestión», donde se defiende precisamente que esta actividad no debe confundirse ni reducirse a una lógica administrativa, sino entenderse en relación con la calidad, la seguridad y la orientación técnica de los servicios y políticas deportivas.



HACER POSIBLES POLƍTICAS PƚBLICAS ESPECIALIZADAS


Todo ello exige perfiles profesionales preparados para asumir esa responsabilidad. En España, las educadoras y educadores físico deportivos, profesionales con titulación universitaria en Ciencias de la Actividad Física y del Deporte, constituyen el perfil mÔs especializado para ejercer esta actividad profesional de dirección técnica vinculada a la promoción de la prÔctica físico-deportiva y al diseño de programas basados en conocimiento técnico-científico.


No se trata aquí de una reivindicación corporativa desligada del interés general, sino de una exigencia de coherencia con el propio objetivo que se pretende alcanzar. Si el problema es complejo, multisectorial y requiere intervenciones especializadas, la respuesta pública no puede descansar en improvisaciones ni en funciones desdibujadas. Debe apoyarse en perfiles con un conocimiento profundo y especializado sobre todas las aristas de la prÔctica físico-deportiva.


En definitiva, hacer posible una política pública seria de promoción de la actividad física implica hacer posible también la dirección técnica que la sostenga.



CONSTRUIR SOCIEDADES MƁS ACTIVAS


El Día Mundial de la Actividad Física debería servir, por tanto, para algo mÔs que para recordar a la ciudadanía que conviene moverse. Debería servir para preguntarnos si estamos creando las condiciones necesarias para que moverse sea realmente posible, accesible y sostenible para toda la población.


Ese es el punto en el que convergen tanto el debate abierto en España sobre la interpretación de los datos como la evidencia internacional sobre los límites de las políticas formales que no llegan a transformar la realidad. No basta con dar por buenos los titulares. No basta con multiplicar planes si no se concretan en estructuras operativas. No basta con celebrar mejoras estadísticas si no van acompañadas de políticas públicas especializadas capaces de sostenerlas en el tiempo.


Las sociedades activas no surgen por casualidad. Requieren diagnóstico riguroso, políticas públicas consistentes y dirección técnica especializada que haga posible conectar servicios, entornos y sistemas en favor de una ciudadanía mÔs activa.


Ese es, probablemente, uno de los grandes retos colectivos de nuestro tiempo.






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